El discurso político
Un período electoral se inicia con sesiones de toma de conciencia para despertar o renovar la fe y la motivación de los militantes con estrategias de dinámica de grupos. El objetivo principal es fortalecer la unidad doctrinal, recuperar a los más débiles y alejar a los disconformes. El trabajo se realiza
preferentemente en pequeñas células - más fáciles de controlar que los grupos numerosos- reunidas en torno a un líder y convenientemente moderadas por personas de confianza del partido, con el fin de suscitar temas que conduzcan a una correcta toma de postura. Las posibles desviaciones doctrinales se resuelven en sucesivas reuniones antes de la gran concentración, donde los responsables del programa recopilarán las ponencias presentadas y propondrán las medidas que va a asumir el partido.
El siguiente paso es hacer correr una consigna del estilo de “Elaborar una lista de argumentos que convenzan a los votantes de que deben votarnos a nosotros, y otros tantos que les disuadan de entregar su voto al enemigo por la cuenta que les trae.” Con ella se consigue, por un lado, reducir la ansiedad del votante con mensajes positivos - mayor participación del pueblo en el control de sus impuestos, menor carga impositiva, mayor grado de bienestar, firme esperanza en la rehabilitación de la patria depauperada por el gobierno saliente; y, por otro, ponerle en guardia ante la amenaza del terror representado por el rival a batir: más impuestos, menos hospitales y escuelas, menor libertad, mayor explotación, mayor corrupción.
Simultáneamente se selecciona a los personajes clave de la etapa electoral, que no son los cabezas de lista, como cabría pensar, sino ocultos emisarios y dispersores del mensaje entre las masas, técnicos en psicología del control y liderazgo de grupos y, por supuesto, rostros u organizaciones-fachada (en algunos países conocidos como “cruzados sociales”) que entregan su esfuerzo y experiencia profesional, artística o sindical a la causa del partido.
En todo proceso de movilización -mítines, manifestaciones públicasson imprescindibles los equipos de voceros, los que crean, memorizan y gritan consignas y aplauden y se ríen ante las ocurrencias del gran líder de forma coordinada y en secuencias preestablecidas -de menor a mayor intensidad- para su repetición por las masas hasta lograr enardecerlas. Estos voceros proceden de los cuadros del partido o son reclutados, en virtud de su experiencia, entre las filas de los sindicatos como agentes dobles con remuneración estacional. Se calcula que cada movilizador puede arrastrar hasta cien personas: curiosos, insatisfechos, despechados, simpatizantes anónimos.
El discurso político casi siempre se basa en la división maniquea entre buenos y malos. Por consiguiente, las exposiciones se elaboran minuciosamente teniendo en cuenta los intensos estados mentales y emocionales de la audiencia, muy sensible a la dualidad argumental: lo lógico y lo utópico, lo vigorizante y lo deprimente. Las reglas tradicionales de la retórica y las aportaciones de la lingüística, la semántica y la pragmática son valiosos recursos para conocer los secretos de la comunicación y sacar partido de todo ello: por ejemplo, dar instrucciones, persuadir, requerir, solicitar, preguntar y responder indirectamente, sin que el oyente sea consciente de que cuando oye
“sígueme” no lo interpreta como una orden, sino como un ruego; cuando le dicen “ésos” el referente es “el enemigo”; cuando oye “hasta aquí hemos llegado” entiende “los hemos soportado durante
demasiado tiempo, necesitamos un cambio, hay que echarlos”.
La estructura del discurso político es como sigue:
1. Arranque, normalmente con una pulla o un chiste rápido destinado a causar un pequeño impacto, reforzado por las risas y los aplausos de los voceros, como forma de asegurarse la atención y las simpatías de la audiencia.
2. Enunciación: presentación de los temas que se van a desarrollar durante la sesión, dejando algunos cabos sueltos a modo de anzuelo para asegurarse la continuidad de la atención del seguidor.
3. Argumentación: exposición de los distintos razonamientos, invariablemente por el siguiente orden: primero la antítesis, los argumentos negativos; después los positivos. El efecto sicológico es
salir de una situación de estrés e incomodidad para pasar a otra placentera en la que se obtiene, o se va a obtener, algún tipo de recompensa. Los redactores del discurso suelen intercalar citas de respetables políticos, escritores o pensadores como soporte intelectual, como garantía de que el argumento es tan válido para ellos como lo fue para los clásicos.
4. Conclusión o recapitulación, en la que se sintetiza lo expuesto y se abren los brazos para recibir el aplauso y el apoyo incondicional de la audiencia.
Las ayudas retóricas más habituales con las que cuenta el político profesional son las siguientes (por orden alfabético):
Anadiplosis o reduplicación: la última palabra de una frase se repite en la primera de la siguiente: “Se ha reducido un 25% la inversión en infraestructuras; las infraestructuras están al borde del colapso; el colapso es el destino que nos espera a todos si no ponemos remedio a la situación.”
Anáfora: repetición sistemática de una palabra o una frase al comienzo de una oración: “Debemos continuar, debemos perseverar, debemos resistir.”
Antítesis: juego semántico que permite invertir el argumento inicial: “Los pensionistas siempre han pagado los platos rotos de una mala administración. ¿Pedían una subida de pensiones? Obtuvieron más inflación. ¿Pedían unas pensiones más justas? Recibieron un recorte asistencial. ¿Reclamaban una paga extra? Aumentaron las retenciones. Los pensionistas son el forjado en el que se asienta el
país. Los pensionistas son el testigo de si una administración funciona bien o funciona mal . Los pensionistas tienen la última palabra.”
Comparación: Permite exponer los puntos fuertes del programa propio y ridiculizar los del contrario: “Nuestro partido representa el progreso y la innovación. ¿Que ofrecen ellos? ¿Qué tienen ellos que ofrecer? El regreso a la caverna.”
Comunicación: lanzar un interrogante y contestarlo inmediatamente: “¿No han acabado con nuestras libertades? Pronto acabarán con todos nosotros. En seguida probaremos el sabor del horror y la tortura. No es que vayan a ponernos el fusil en la nuca, pero sí que nos van a privar de nuestro derecho a expresarnos libremente en la lengua de nuestros mayores.”
Concesión: se utiliza un dato positivo del contrincante reduciendo su carga semántica y aprovechando el mismo argumento para resaltar las enormes grietas del sistema que se pretende combatir. “Pues claro que ha descendido el paro en el país. En todos los países lo ha hecho. Pero aquí seguimos con una tasa muy superior a la del resto del continente.”
Exhortación: petición enérgica de hacer o no hacer algo. “Necesitamos vuestro apoyo, necesitamos vuestra confianza, necesitamos vuestro voto. Pero si queréis el caos, si buscáis la nada,
votad a ésos.”
Expresiones retóricas que ayudan a introducir un argumento en el que lo más importante no son las buenas palabras, sino los contenidos, lamentando una supuesta pobreza argumental y apelando a la magnanimidad y la nobleza de sentimientos de la audiencia: “Ellos disponen de la fuerza, controlan los medios de comunicación, tienen el apoyo del gran capital, dirigen los sindicatos; pero nosotros somos los únicos conocedores del verdadero valor de la honradez, el sentido de la verdad y la justicia.”
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Interrogación: hipótesis que, si se confirma, deriva en una respuesta o una acción, a veces llena de ambigüedad.“Si ganan ellos, no nos quedará más remedio que echarnos a la calle, dormir en la calle.”
Invocación, apóstrofe, exclamatio: apelación a entidades suprahumanas para ponerlas de testigo, solicitar algo o evitar un mal proveniente de terceros: “Si llegan ellos, que Dios nos pille confesados.” “Si ganan y realmente hacen lo que dicen que van a hacer, que venga el diablo y lo vea.”
Ironía: decir lo contrario de lo que se piensa: “Prometieron empleo; prometieron gasolina más barata; prometieron un turismo de calidad; dijeron que nos apañarían en breve tiempo. Pues bien, ahí tenéis el empleo; ahí está la gasolina; buen turismo nos ha llegado; apañados estamos.”
Litote o atenuación: Pequeño argumento que contiene una exageración: “Sólo han robado mil millones; sólo han ocultado cien mil millones a la hacienda pública; simplemente han dejado en
pelotas al país entero.”
Preterición: estrategia que pretende mencionar unos datos in passim, como tratando de ocultárselos a la audiencia, para inmediatamente dárselos con todo detalle: “No quiero hablar de corrupción; no quiero sacar a relucir la asquerosa utilización de fondos públicos para el provecho personal; el manejo de información privilegiada para realizar grandes pelotazos; la compraventa de votos a cambio de sueldos y puestos de trabajo para familiares y amigos.”
Prolepsis: contra-argumento derivado de otro que lo anticipa: “Hay quien piensa que si ganamos las elecciones se acabará el estado del bienestar. Se equivocan. El pueblo tiene derecho a una vida digna, a un trabajo digno, a un salario acorde con sus necesidades. Nosotros se lo ofrecemos.”
Repetición para dar énfasis y que sirva al mismo tiempo de refuerzo:“¿Cuándo ha habido nunca tanto paro? Cuando estaban los otros. ¿Cuando ha habido nunca tanta miseria? Cuando gobernaban los otros. ¿Cuándo ha habido nunca tanto desorden? Cuando mandaban ellos.”
Reticencia: dejar un argumento inacabado para que sea la audiencia la que ponga las palabras finales: “Anunciaron nuevos trasvases; aún los estamos esperando. Dijeron: impuestos más bajos; los subieron un 20%. Juraron combatir el desempleo; toma desempleo. Ahora prometen subir las pensiones....”
Silogismo: introducción de tres argumentos, de los cuales los dos primeros llevan necesariamente al tercero. “El país es un mar de corrupción. Fulano y Mengano son unos corruptos. El partido de
Fulano y Mengano naufraga en la corrupción.”
Sinonimia: empleo de términos con significado parecido: “Hemos reducido el paro, hemos acelerado la ocupación, hemos incrementado los contratos fijos.”
Slogan: Inserción constante de una frase o conjunto de palabras en el discurso político que suele integrarse fácilmente en el lenguaje periodístico y en el de los ciudadanos: "Nuestro partido busca el
diálogo, la paz, la democracia. La oposición no es más que bronca, agitación, confrontación."